Después de pasar mucho tiempo y esfuerzo en el desarrollo de mejoras de nuevos procesos y sistemas de gestión es oportuno asegurar que estos estén debidamente integrados en la organización, sin embargo esto es algunas veces pasado por alto. A menudo se asume que lo desarrollado en teoría debería funcionar, pero esto se dará si consideramos lo siguiente:
Refinamiento del proceso:
No importa lo bueno que esté diseñado el proceso, es sólo cuando lo ponemos en práctica en su entorno cuando podemos ver cómo funciona y que ajustes requiere, estos ajustes pueden estar en el sistema o en el proceso en sí mismo, o puede ser que necesite de mayor entrenamiento, "sensibilización" a la nueva forma de hacer las cosas, puede necesitar mecanismos de soporte o puede ser que existan datos que no están alineados. Independientemente de los obstáculos que se presenten, éstos deben ser resueltos con prontitud para asegurar el éxito del proceso.
El proceso de cambio en sí mismo:
El cambio nunca es fácil, ya que implica salir de nuestra zona de confort, el aprendizaje de nuevas habilidades o maneras de hacer las cosas, experimentando frustraciones, y superar el proceso de refinamiento mencionado anteriormente. En todo este proceso siempre existe la tentación de volver a las viejas maneras de hacer las cosas, especialmente cuando se percibe la “ocurrencia de crisis” (que ocurre por lo menos una vez al día en la mayoría de las organizaciones) que es la sensación durante el proceso de cambio, en donde se piensa que las cosas eran más fáciles y más rápidas de la manera antigua.
Por estas razones, la aplicación de los nuevos procesos y sistemas de gestión deben ser cuidadosamente manejadas, no sólo para asegurar que se ajustan plenamente a las necesidades de la organización, sino para garantizar la aceptación, la propiedad y la sostenibilidad de la nueva manera de hacer las cosas.